viernes, 26 de septiembre de 2014

¿Puedes oírme?

En algún lugar del mundo el Sol brilla, las personas tienen luz en sus corazones, y existe una casa en la que todos se gozan, todos sonríen. Un mundo en el que nadie está solo, nadie está triste, los niños ríen, juegan, y los adultos al fin están satisfechos, existe un mundo perfecto, un mundo por descubrir, un mundo... Que está bastante lejos.
     
             No voy a contar una historia en particular, sólo un montón de sentimientos  revueltos, cosas que de mi boca jamás saldrían, cosas que no puedo decir, que me hacen cobarde. Muchas veces me quedo callada, por miedo, o quizás por necesidad, de todos modos encuentro innecesario hablar.
Para ser sincera, todo esto comienza como un tratamiento psicológico, porque la gente mayor no entiende lo que pasa, olvidan que también tuvieron una etapa de confusión, olvidan que lloraban por un supuesto amor, olvidan que callaban.

             Y ahí estoy yo, una niña de catorce años caminando ebria por los pasillos del liceo, con la mente borrada, la mirada hacía abajo, sintiéndome totalmente inútil, estúpida, por segundos salí del túnel en el que me encontraba pero en un abrir y cerrar de ojos estaba otra vez allí, vacía.
 Extrañando a alguien a quien quizás perdería, y buscaba, en cada rincón, esperando ver esos ojos claros, pero solo veía puertas, y personas desconocidas entrando y saliendo, riéndose, hablando, y yo, lloraba. Estaba asustada, siempre lo estoy, pero más ese día, no tenía a mi única seguridad cerca. Y entonces llegan los problemas, con un llamado a inspectoría, mi amiga, supuesta amiga, tres en realidad, chicas con la boca suelta y extremada cobardía, me fallaron, más que yo a mi misma, me hicieron perder lo que más quería, lo que necesitaba, en ese momento sólo las veía como un montón de perras sin vida, sin mente, sin corazón, pero ahora son niñas, niñas jugando a quien falla más, son tres asquerosidades con pies y ahora que lo pienso bien, siguen siendo perras.
            Lo perdí todo, o bueno, casi todo, ahora no soy más que una hija molesta, que pasa todo el día en casa, sentada frente a una ventana escuchando música, esperando a que por arte de magia llamen desde el liceo diciendo "vuelve", esperando que el año vuelva a comenzar y hacer las cosas bien, o por lo menos ese día, deseando con ansias que todo esto acabe, y que al fin pueda ser feliz a mi manera, a mi perfecta e inalcanzable manera.